
Fuente: @Robin Tamayo: http://twitpic.com/mbr5x
De un viejo amigo escuché hace un lustro que se refería a la selección de fútbol de mi país como la “Decepción Colombia”. Desde entonces, cada vez que juega “lo mejor del balompié patrio” me parece escuchar su frase despectiva… y le doy toda la razón, aventurando incluso una posible causa a nuestro lastimero desempeño futbolístico.
Una vez pensé: “bueno, para eso cada país tiene su selección y a todos les pagan para que ganen y jueguen bien, entonces ¡qué problema va a haber!”. Sin embargo, luego recordé que el fútbol colombiano ha tenido épocas gloriosas, de juego fino y grandes figuras internacionales; y hubo un tiempo en el que la Selección Colombia nos acostumbró a ver un fútbol bonito, armonioso, fastuoso, elegante… por algo en mundiales como el de Italia 90 y al inicio del de Estados Unidos 94 nuestros representantes futboleros figuraban en los medios internacionales como grandes favoritos a conjunto campeón. La exigencias de los hinchas criollos pueden no ser más que el clamor por un deporte que aquí ya no es.
¿Qué pasó entonces para que decayera el talante del fútbol colombiano, y con ello nuestra motivación por éste? Si quieren una opinión “profesional”, pregúntenle a un Carlos Antonio Vélez o a un Iván Mejía, famosos gurúes autoproclamados del tema. En mi humilde concepción del asunto, el problema radica en un deceso de la autoestima, a saber:
CONTEXTO
Los finales de los 70, los 80 completicos y el comienzo de los 90 fueron años terribles para Colombia en materia de seguridad. El narcotráfico extendía sus alas mediante “carteles” en algunas de las principales ciudades, entre ellos el tan nombrado “de Medellín”. Reinaba en la sociedad la justicia sicaresca, y el mal gusto de las modas extendía su clímax en las estrafalarias tendencias de los narcos y sus súbditos.
Pero además de eso había algo en la mentalidad de muchísimas personas, que poco se reseña en los libros de Alonso Salazar y Jorge Franco o en los guiones de Víctor Gaviria: confianza. Por supuesto, una confianza que se imbricaba paradójicamente con el temor de salir a la calle sin saber si al final del día se podría regresar a casa.
El caso es que aún en medio de bombas, amenazas y balaceras, la sociedad colombiana tenía un flujo muy activo de dinero, sea como fuere su proveniencia, por el acto directo o indirecto del narcotráfico. Con dinero había comida digna, techo asegurado y ropa… bueno, ropa “sobresaliente”.
No defiendo entonces el narcotráfico y las nefastas consecuencias que su prohibición conllevan, pero es justo reconocer que el dinero -mal que bien- circulaba más que antes y más que ahora. Es decir, la distribución del capital en la sociedad colombiana era más “democrática”, transgredía clases sociales. No es que hubiera menos desigualdad, pero de repente surgieron “ricos levantados”; las nuevas élites económicas andaban por doquier, en carros de último modelo atravesando incluso las lomas sin pavimentar de los barrios tradicionalmente marginados.
Volviendo entonces al tema del fútbol, se decía en esos tiempos que la Selección Colombia era “Nacional+el Pibe Valderrama”. Nacional, el equipo de la capital antioqueña, el mismo que -no me consta- era supuestamente financiado por dineros calientes, billetes “empolvados”.
En suma, sabiéndose que en Medellín el dinero se movía, y que la pobreza jugaba a las escondidas y que, por lo mismo, gran parte de la ciudadanía “se tenía confianza” (pero no olvidemos el miedo), la Selección Colombia estaba conformada por gente llena precisamente de eso, de confianza, o lo que este artículo plantea como su sinónimo: autoestima. ¿Me hice entender?
LA FÓRMULA
Para apoyar un poco esta hipótesis, recuerdo una crónica sobre el “loco Bilardo”. Carlos Salvador Bilardo, argentino sabio en el ámbito futbolero, dirigió al Deportivo Cali llevando por primera vez un equipo colombiano a la Copa Libertadores de América, en el 78. También tuvo una labor destacable al frente de la Selección Colombia de cara al Mundial de España 82.
En el texto en cuestión -del que les quedo debiendo los datos- Bilardo recordaba cómo los futbolistas colombianos eran personas llenas de actitud, quienes confiaban tanto en sus capacidades que no se presentaban a los entrenamientos y asistían a los partidos 30 minutos antes del comienzo, luego de una noche completa de juerga y licor. “Eran muy indisciplinados, pero eran grandes”… algo así sugería el argentino.
He allí presente la autoestima, la auto-confianza, el amor propio de un montón de negros, mestizos y criollos que tenían el mundo en sus manos, que despilfarraban de sus bolsillos en la misma medida en que el país destilaba orgullo por tan loable desempeño deportivo.
LAS CIRCUNSTANCIAS CAMBIARON
Listo, lo que casi todos ustedes conocen porque lo han pasado por Discovery Channel y porque se siguen haciendo novelas y seriados que echan la sal en las llagas (cosa que parece encantarnos): caen los carteles del narcotráfico, hundimiento precedido de asesinatos entre familias de renombre y triunfalismos políticos de los que en esa carrera quedaron vivos (a los más valiosos se los llevó La Parca cocalera).
La sociedad colombiana volvió a creer en sus organismos de justicia (¿ajusticiamiento?) y de control público, la tranquilidad retornó a las calles y… t-o-d-o__e-s-e_d-i-n-e-r-o__s-u-c-i-o _ se desapareció tan rápido como llegó, lo que inexorablemente llevó a que la brecha entre ricos y pobres volviera a hacerse en cañón, a que la comida disminuyera en dignidad, el techo en accesibilidad y la ropa… bueno, la ropa seguía ahí con su mal gusto.
¿Y del fútbol qué? Bueno, pues el fútbol ya sin los supuestos mecenas que lo patrocinaban fue perdiendo en finanzas, en condiciones estrafalarias para sus protagonistas, en calidad de vida de los mismos y, por supuesto, en emoción, garra, motivación, finura, elegancia… ¡ACTITUD!
Ahora los jugadores no son los indisciplinados de antes, salvo casos puntuales. No hay francachela de excesos e, incluso, de sexo. Como los profesionales del deporte que son, requieren de una “concentración” antes de cada partido, que es como una especie de aislamiento en el que lo único a hacer, además de satisfacer las necesidades básicas del cuerpo (insisto, muchas veces sin sexo), es correr tras la pelota y atender los planteamientos tácticos de los directores técnicos.
Si ahora ser futbolista profesional implica toda una formación deportiva, mental y hasta espiritual, ¿qué otra cosa sino la falta de autoestima es lo que afecta el balompié colombiano de manera tan vergonzante?
Si no están de acuerdo con lo que aquí planteo están en todo su derecho. Pero ahí les dejo la inquietud. Y si no es un problema de amor propio y, por ende, de actitud el de la querida “Decepción Colombia”, que alguien me explique qué es lo que ve cuando se sienta a presenciar un partido contra cualquier otro país que no sea Haití.
ABCamilo








Comentarios, de los últimos